Autoconocimiento

Cerrar el corazón para proteger la vida

July 14, 20266 min read

Ven. Siéntate aquí un momento.

No tienes que hacer nada. No tienes que resolver nada. No tienes que convertir estas palabras en otra tarea de tu lista.

Solo quédate conmigo.

Porque hay algo que has creído durante mucho tiempo, y esa creencia te ha cansado más que cualquier otra cosa.

Piensas que hay algo malo en ti.

Porque todavía te cuesta confiar.
Porque aún sostienes demasiado.
Porque te cuesta recibir ayuda.
Porque tu cuerpo sigue hablándote a través del cansancio, de la inflamación o esa mandíbula que amanece apretada…

Y entonces aparece esa voz que has aprendido a creer. Esa que toma todo lo que has leído sobre espiritualidad, psicología o crecimiento personal y te susurra: "Todavía no has aprendido la lección. Aún te falta sanar. Aún no has llegado."

Qué poco conoces la inmensa ternura con la que tu cuerpo ha intentado protegerte.

Déjame contarte un secreto.

Cerrar el corazón no fue un error. Fue un acto de amor.

No cerraste el corazón porque dejaras de amar.

Lo cerraste porque, alguna vez, sentiste que era la única forma de seguir adelante.

No importa exactamente cuándo ocurrió.

Quizá fue una niñez llena de silencios.

Quizá fueron preocupaciones que no eran tuyas y que aprendiste a cargar.

Quizá fue crecer sintiendo que había que ser fuerte, que había que anticiparse, que había que sostener para que todo siguiera funcionando.

La/os niños no hacen teorías sobre la vida.

Los niños hacen pactos.

Y un día, sin darte cuenta, hiciste uno.

"Si yo me esfuerzo lo suficiente... estaremos bien."

"Si yo controlo... nada malo pasará."

"Si no necesito demasiado... nadie podrá decepcionarme."

No elegiste esas promesas con la mente.

Las escribió tu cuerpo.

Y como toda promesa nacida del amor, hizo exactamente aquello para lo que fue creada.

Te sostuvo.

Te ayudó a seguir caminando.

Te convirtió en una mujer, en un hombre, capaz de cuidar, resolver, contener y seguir adelante, incluso cuando nadie veía el esfuerzo silencioso que había detrás.

Y aunque esa forma de vivir te sostuvo durante mucho tiempo, hay una diferencia enorme entre aquello que una vez te salvó y aquello que hoy te mantiene encerrada… o encerrado.

Porque pasa algo curioso con todo aquello que cerramos para protegerlo.

Es como un dique.

Al principio cumple una función maravillosa. Contiene, resguarda, guarda agua para cuando llegue la escasez. Nos da la sensación de seguridad.

Pero con el tiempo, si nunca vuelve a abrirse, deja de proteger el río y comienza a impedir su movimiento.

El agua ya no puede seguir su cauce.

Se estanca.

Lo mismo ocurre con el amor.

Lo mismo ocurre con la energía que eres.

Cuando el corazón se cierra para sobrevivir, esa energía deja de circular con libertad. No desaparece; simplemente queda retenida detrás de un muro que un día fue necesario construir.

Y lo que antes era protección termina convirtiéndose, lentamente, en separación de la propia vida.

El tema es que tú nunca fuiste el dique.

Tú siempre has sido el río.

Por eso hay una parte de ti que se siente agotada/o.

No porque seas débil.

Sino porque el agua lleva demasiado tiempo intentando atravesar un muro que ya no necesita existir.

Y entonces aparece el cuerpo.

Ese cuerpo al que tantas veces le has pedido que deje de molestarte.

Ese estómago que se aprieta

Esa mandíbula que no recuerda cómo descansar.

el insomnio

¿Crees que vienen a castigarte?

No

Son los viejos guardias que todavía hacen cuidan frente a una puerta que ya no necesita ser defendida.

Ellos siguen convencidos de que el peligro continúa.

No porque sean sabios.

Sino porque nadie les ha dicho todavía que la tormenta terminó.

Y mientras tanto, tú haces lo que siempre has sabido hacer.

Lees.

Aprendes.

Buscas respuestas.

Intentas entender.

Piensas que quizá la próxima herramienta será la definitiva para tu sanación, para tu liberación.

Tal vez el siguiente libro.

El siguiente curso.

La siguiente terapia.

La siguiente técnica.

Y todo eso está bien.

Porque cada búsqueda fue una manera de decirte a ti misma/o:

"No me voy a abandonar."

Pero la verdad es que no necesitas encontrar una versión nueva de ti.

Necesitas dejar de desconfiar de la que siempre estuvo aquí.

La mujer, el hombre que vive debajo del miedo nunca dejó de existir.

Sólo estaba esperando sentirse segura/o para salir.

Eso es todo.

No necesita que la/o arregles.

No necesita que la perfecciones.

Solo necesita que alguien deje de exigirle sobrevivir.

Y ese alguien eres tú.

¿Sabes cuál ha sido siempre tu verdadera medicina?

LA TERNURA

No la rigidez.

No el control.

No la fuerza.

Cada vez que abrazas la parte de ti que todavía tiembla.

Cada vez que dejas de pelear con tu cuerpo.

Cada vez que respiras antes de reaccionar.

Cada vez que eliges acompañarte en lugar de juzgarte...

El río encuentra una pequeña grieta por donde volver a correr.

Así sucede.

No con violencia.

No rompiendo el dique.

No obligándote a confiar.

El hielo nunca necesita instrucciones para convertirse en agua.

Solo necesita calor.

Y el calor con el que tu alma derrite sus inviernos tiene un nombre muy sencillo.

Compasión.

Has pasado tantos años creyendo que la vida dependía únicamente de ti.

Qué cansancio debe haber sido cargar con el cielo entero sobre los hombros.

Pero ven.

Acércate un poco más.

Quiero mostrarte algo.

Mira el bosque.

Ningún árbol sostiene la montaña.

Mira el océano.

Ninguna ola empuja al mar.

Mira el río.

Nunca se pregunta si merece llegar al océano.

Simplemente sigue su naturaleza.

¿Y sabes cuál es la tuya?

No controlar.

No demostrar.

No resistir.

Fluir.

Recibir.

Confiar.

Amar.

No porque el mundo sea perfecto.

Sino porque ya no necesitas vivir esperando el próximo peligro.

La vida no te está pidiendo que bajes la guardia.

Te está invitando, muy despacio, a descubrir que ya no estás sola/o sosteniendo todo.

Hay algo mucho más grande sosteniéndote a ti.

Siempre lo ha hecho.

Incluso cuando no podías verlo.

Incluso cuando creías que eras tú quien llevaba el peso del mundo.

Nunca dejé de caminar contigo.

Nunca dejé de sentarme a tu lado mientras llorabas.

Nunca dejé de susurrarte que podías descansar.

Sólo que el ruido del miedo era demasiado fuerte para escucharme.

Ahora sí puedes.

Y eso cambia todas las cosas.

No hace falta que rompas el dique.

El agua nunca olvidó cómo correr.

Solo necesitaba escuchar, una vez más, que el invierno había terminado.

Y eso, querida, querido mio, es todo lo que tu cuerpo ha estado esperando.

No otra batalla.

No otra exigencia.

No otra versión mejorada de ti.

Solo la certeza de que ya no tiene que salvarte.

Ven.

Siéntate un momento a la orilla de tu propio río.

Mira cómo el agua comienza a moverse sin que tú la empujes.

Así trabaja el Amor.

Nunca obliga.

Nunca apura.

Nunca exige.

Solo recuerda.

Y tú,

También recordarás.

Con infinito amor,

Marcela

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Comprender tu historia es solo el inicio. Si lo que acabas de leer resonó en ti, el verdadero cambio no ocurre en la mente, sino en la capacidad de tu cuerpo para habitar una nueva certeza.

“La verdadera transformación ocurre cuando la claridad se convierte en tu estado cotidiano.”