
No puedo elegir mi vida sin sentir culpa
Cuando pierdes la batalla por tu atención
Hoy día les quiero compartir algo que veo mucho en consulta, y no es por falta de "proceso" o de camino.
Pasa justo cuando ya han hecho su camino… pero sin embargo algo pasa.
Esta es la historia de una mujer, que representa a todas las personas que en algún momento nos hemos sentido así.
Llegó a la consulta con una sensación de estar detenida.
Como si algo dentro de ella dijera: no avances.
Me dijo: “Quiero hacer cambios… pero no puedo.”
Y no era que no supiera qué hacer.
De hecho, lo sabía.
Sabía lo que le hacía bien.
Sabía lo que ya no quería.
Sabía incluso hacia dónde quería ir.
Pero había algo más fuerte que su claridad.
Cada vez que se acercaba a sí misma… aparecía la culpa.
Una culpa silenciosa, constante, casi invisible.
Como si dentro de ella existiera una regla no escrita: no puedes estar bien si otros no lo están.
¿Lo has sentido alguna vez? Yo sí.
Gran parte de su atención estaba afuera: en su familia, en lo que otros necesitaban, o en lo que “debía ser”.
Y en ese movimiento de estar afuera, casi sin darse cuenta, se abandonaba.
Su cuerpo le hablaba, a través de la tensión, de la ansiedad y una sensación muy acostumbrada de estar siempre en alerta.
Como si vivir fuera sostener algo pesado todo el tiempo.
Y desde ese lugar… elegir se volvía imposible.
Porque no es que no tuviera dirección.
Es que su sistema no podía sostenerla.
Había una voz interna —muy antigua— que cada vez que intentaba acercarse a algo que le hacía bien, decía:
no puedes.
no debes.
no hay permiso.
Y eso, con el tiempo, se vuelve una forma de vivir.
No cuestionas esa voz.
La obedeces.
El trabajo no fue decirle qué hacer.
No fue darle más herramientas.
Ni más información.
Fue algo mucho más simple… y mucho más profundo.
VOLVER
Volver al cuerpo.
Volver a sentir.
Volver a crear un espacio donde pudiera, por primera vez en mucho tiempo, sentirse a salvo siendo ella.
Y ahí empezó a pasar algo.
Muy de a poco.
Empezó a notar cuándo se perdía.
Cuándo su atención dejaba de estar en ella.
Cuándo volvía a ponerse en segundo lugar.
Y en ese darse cuenta —sin juicio, sin exigencia— algo nuevo apareció.
Permiso.
Permiso para estar bien.
Permiso para elegir.
Permiso para no cargar con todo.
Y entonces entendió algo que cambió todo:
Que su problema nunca fue falta de claridad.
Fue desconexión.
Desconexión de lo más básico, de sus necesidades.
Desconexión de su cuerpo.
De su centro.
De ese lugar interno donde la dirección no se piensa… se siente.
Y cuando volvió ahí, aunque fuera por segundos al principio…
algo se ordenó.
No el mundo.
No las circunstancias.
Ella.
Sí, ella.
Y desde ese lugar, por primera vez en mucho tiempo, pudo hacer algo distinto.
Elegir.
No desde el miedo.
No desde la culpa.
Sino desde un lugar más profundo.
Más calmo.
Más verdadero.
Como si, después de mucho tiempo, finalmente estuviera regresando a casa.
Elegir no es solo un acto de valor.
Poner el foco en tu centro no es dejar a los demás afuera.
Es un acto de amor propio, de darte a ti misma para así poder dar a los demás.
La batalla por tu atención —esa que te hace elegir entre el mundo de afuera o tú— comienza cuando te reconcilias contigo, cuando dejas de exigirte tanto, pones una gotita de compasión en cada paso que das y comienzas a estar de tu lado.
Con mucho cariño les comparto estas experiencias, que me enseñan tanto, me emocionan y me hacen agradecer profundamente mi trabajo y el granito de arena que puedo aportar.
No se trata de “arreglar” al otro ni de aplicar técnicas…
Sino de estar, sostener y acompañar desde la presencia consciente.
Como dice Frank Ostaseski: “No traigas tu caja de herramientas. Trae tu presencia.”
Un abrazo
Marcela