Libertad

¿Estás descansando… o solamente dejaste de trabajar?

September 02, 20265 min read

¿Estás descansando… o solamente dejaste de trabajar?

A los dieciséis años conocí el yoga. Lo practicaba en mi colegio y continué haciéndolo durante muchos años. A veces yoga, a veces danza, a veces otras prácticas que me permitían volver al cuerpo.

Cuando, algunos años después, comencé a entrar más profundamente en el mundo de la sanación, hubo algo que tuve muy claro: yo no iba a convertirme en profesora de yoga.

No porque no me gustara. ¡Me encantaba!.

Pero esto fue hace casi treinta años. No existían las innumerables escuelas y formas de practicar que conocemos hoy. Había pocas escuelas, y el yoga se transmitía como una práctica seria y profundamente exigente, tanto en su disciplina como en su filosofía.

Y yo me conocía.

Sabía que podía transformar incluso aquello que me hacía bien en una nueva forma de exigirme.

Podía convertir el yoga en otra disciplina que debía cumplir, otra práctica que tenía que dominar y otra medida con la cual evaluar si lo estaba haciendo suficientemente bien.

Y yo ya tenía suficientes medidas.

La exigencia ha sido uno de mis grandes temas.

Esa sensación de que todavía falta algo.

Que podría haberlo hecho mejor.

Que quizás no me esforcé lo suficiente.

Que, si trabajo un poco más, si me preparo un poco más o si logro hacerlo perfectamente, entonces sí va a resultar.

Y, en un lugar todavía más profundo: si hago más, quizás valgo más.

Durante mucho tiempo no vi todo lo que había escondido dentro de esa frase.

Parecía responsabilidad, perseverancia, compromiso.

Y de verdad muchas veces lo era. Pero también había miedo.

El miedo a detenerme y descubrir que nada de lo que había hecho era suficiente.

El miedo a que mi valor dependiera de seguir avanzando.

El miedo a que, si dejaba de esforzarme, algo se derrumbara.

Porque cuando el valor propio queda atado a lo que conseguimos, nunca existe realmente una meta final.

Terminas una cosa y aparece la siguiente.

Logras algo que deseabas y, antes de alcanzar a sentirlo, tu mente ya está preguntando:

¿Y ahora qué falta?

Entonces puedes dejar de trabajar.

Puedes sentarte.

Puedes tener una tarde libre.

Puedes incluso irte de vacaciones.

Y continuar trabajando por dentro.

Pensando.

Evaluando.

Corrigiendo.

Anticipando.

Revisando todo lo que podrías haber hecho mejor.

Dejar de hacer no siempre significa descansar.

A veces solamente dejamos de mover el cuerpo, mientras nuestra mente continúa sosteniendo el mundo.

Y esto no significa que haya algo malo en ti.

La exigencia probablemente no apareció porque quisieras hacerte daño.

Quizás apareció porque, en algún momento, aprendiste que esforzarte te ayudaba a sentirte segura.

A ser reconocida.

A pertenecer.

A sentir que eras importante.

Tal vez la exigencia fue una manera de cuidar de ti cuando todavía no conocías otra forma.

Y quizás por eso no necesitamos combatirla.

Necesitamos poder mirarla con suficiente compasión como para preguntarle:

¿Qué estás intentando asegurar para mí?

Si entro en silencio, y puedo escuchar una respuesta amorosa, creo que me diría algo así:

No tienes que seguir demostrándome que mereces estar aquí.

He visto todo lo que has hecho.

He visto cuánto te has esforzado, cuánto has sostenido y cuántas veces continuaste aun estando cansada.

Pero no necesito que hagas una cosa más para reconocerte.

Puedes detenerte.

Por ahora, es suficiente.

Desde la Neuroplasticidad Positiva comprendí algo que me ayudó mucho: nuestro cerebro puede acostumbrarse a registrar rápidamente lo que falta y pasar por alto lo que ya está bien.

Por eso no basta con alcanzar una meta.

También necesitamos detenernos unos segundos para recibir la experiencia de haberla alcanzado.

No solamente saber que hicimos algo.

Sentirlo.

Permitir que el cuerpo registre:

Esto estuvo bien.

Esto también cuenta.

Por ahora, es suficiente.

De otro modo, incluso nuestros logros pueden convertirse en una nueva fuente de exigencia.

Llegamos a donde queríamos llegar, pero no alcanzamos a habitarlo.

Y ya estamos corriendo hacia lo siguiente.

Quizás descansar de verdad comienza ahí.

No cuando terminamos todo —porque probablemente nunca terminaremos todo—, sino cuando dejamos de utilizar lo pendiente como una medida de nuestro valor.

La intuición no funciona desde la exigencia.

No me grita que me apure.

No me amenaza con que voy tarde.

No me dice que debo demostrar algo para merecer.

La intuición se parece mucho más a un abrazo.

A un espacio de contención y cobijo.

Un lugar en el que los tiempos son distintos.

Donde no todo necesita resolverse inmediatamente.

Donde puedo escuchar:

Por ahora, está bien.

Quizás por eso la meditación y la presencia han sido tan importantes en mi vida.

No solamente porque me ayudan a calmarme.

Sino porque me han enseñado, poco a poco, que no todo necesita ser empujado.

Que no siempre tengo que hacer más.

Que hay cosas que también pueden crecer cuando las dejamos respirar.

Meditar no ha significado dejar la mente en blanco ni convertirme en una persona que nunca se exige.

Ha sido aprender a reconocer cuándo vuelvo a hacerlo.

Sentir cómo aparece en mi cuerpo.

Escuchar el tono con el que me estoy hablando.

Y, en lugar de obedecer inmediatamente esa voz, ofrecerme otra posibilidad:

Puedo parar.

Puedo reconocer lo que ya hice.

Puedo descansar sin tener que ganármelo.

Quizás descansar de verdad comienza cuando puedes decirte:

Puedo amarme incluso cuando no he cumplido con todo.

Porque la intuición —esa energía poderosa que pasa a través de ti— no te exige nada.

No te pide que hagas más para merecer amor.

No mide tu valor por tus logros ni te recuerda todo lo que todavía falta.

Simplemente te devuelve a un lugar en el que puedes reconocerte, sostenerte y descansar.

Quisiera que experimentemos qué ocurre cuando, por un momento, dejas de medir tu valor por todo lo que todavía falta.

Porque qno necesitas convertirte en una persona menos comprometida.

Quizás solamente necesitas descubrir que puedes seguir creando, creciendo y avanzando sin abandonarte en el camino.

Puedes dejar de hacer y continuar en modo exigencia.

Descansar de verdad también se aprende.

Yo también estoy en ese camino diariamente

Un gran abrazo

Marcela

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“La verdadera transformación ocurre cuando la claridad se convierte en tu estado cotidiano.”