
¿Y si el “DEBER SER” dejara de estar escrito en mayúsculas dentro de ti?
Dejar de ser "Perfecta" para empezar a ser Tú
Les voy a contar una historia como cuando se la cuento a mi hija. Nos encanta contar historias. De esas que parecen de otras personas pero, si escuchas bien, también son un poco tuyas. Todas y todos estamos tejidos con el mismo hilo de búsqueda, extravío y encuentro a nuestro corazón.
Esta es la historia de una mujer —vamos a llamarla Ana—. Ana es doctora, es mamá, es hija. Es una de esas mujeres que parecen llevar el mundo sobre sus hombros y, aun así, se aseguran de que el mundo camine derecho. Pero esta es, sobre todo, la historia de cómo Ana decidió bajarle el volumen al grito de las expectativas para escuchar, por fin, su propia voz.
Cuando el “DEBER SER” grita en mayúsculas
A las 6:15 de la mañana, el despertador de Ana sonaba y empezaba todo.
Ella se levantaba por inercia. Su cuerpo sabía exactamente qué pieza mover primero. Pero mientras sus pies tocaban el suelo, por su mente pasaban un sin fin de pensamientos:
"DEBERÍA hacer ejercicio. DEBERÍA preparar un desayuno orgánico. DEBERÍA contestar a ese paciente. DEBERÍA ser una hija más presente. DEBERÍA estar agradecida y no sentir este vacío."
Para Ana, el “DEBER SER” no era una sugerencia; estaba en sus propias palabras "escrito en mayúsculas dentro de mi", era una orden grabada a fuego. Una voz interna que ocupaba todo el espacio de su mente. Y cuando no lograba cumplir con todo —porque, seamos honestas, es humanamente imposible ser perfecta en todo al mismo tiempo— aparecía la culpa. Esa vergüenza silenciosa que te hace sentir que hay de verdad algo malo en ti que nadie más ve.
Ana era invisible en su propia vida. Era una experta en cuidar los universos de los demás mientras el suyo se desmoronaba en silencio. Creo que así se siente un corazón roto, cuando la traición no es algo que te hacen los demás, es algo que se hace una/o mismo inconscientemente cuando se abandona.
El instante "santo"2
El punto de quiebre de Ana no fue una tragedia de película. Fue algo mucho más sutil y, por lo mismo, más desgarrador.
Había terminado un turno de urgencia. Pasó por casa de su mamá para dejarle los remedios (porque una "buena hija" nunca olvida) y salió disparada al colegio de sus hijos. Estacionó el auto afuera. Tenía cinco minutos. Cinco minutos de reloj antes de entrar a ser "mamá".
Intentó cerrar los ojos, pero su sistema nervioso no se lo permitió. Estaba en modo supervivencia. Su corazón latía rápido y sus neuronas estaban disparando alertas de incendio en un bosque que ya estaba quemado. Se miró en el espejo retrovisor y, por primera vez en años, se vio de verdad. Vio la sombra de una mujer que vivía para apagar incendios siempre ajenos.
Fue en ese momento que Ana se dio cuenta que su autoestima no estaba en el suelo porque fuera incapaz o porque no era suficiente. Estaba ahí porque vivía en una deuda permanente con el mundo; una deuda que intentaba pagar con su propia biología, y que nunca, por más que corriera, se terminaba de pagar.
** Al cerebro lo llaman "un bosque"1 porque está lleno de conexiones nerviosas que, como los árboles, buscan tocarse. Pero cuando vivimos en sobrecarga, ese bosque colapsa. Las ramas se encogen, el suelo se agota y perdemos la capacidad de entrar en el reposo necesario para reforestar nuestra paz.
Entender no es transformar (El camino a la Automaestría)
Unas semanas después, Ana llegó a las sesiones de Automaestría, se conectaba desde su consulta, y de verdad que al principio le costaba mucho entrar porque no tenía tiempo, pero quería. Había leído todos los libros de autoayuda, había estado en grupos "espirituales" con gurus de todo tipo y había ido a terapia y "entendía" perfectamente su problema pero seguía sintiéndose igual.
Y es que, ya sabemos que entender no es transformar.
Puedes saber por qué el motor de tu auto no funciona, pero eso no hará que el auto camine. Necesitas meter las manos en el motor. Necesitas una estructura. Sin una estructura sólida, la transformación es solo una nube de humo que el viento se lleva.
El renacer : De la obligación a la presencia
Ana empezó a hacer algo distinto. Al principio le costaba —como a tantos otros alumnos— darse el espacio para el curso. Aunque había tomado la decisión, siempre aparecía "algo más": la necesidad de otros, una urgencia externa, el ruido del mundo. Al principio, tendía a abandonar su propio proceso para cumplir con los demás.
Pero algo cambió.
Poco a poco, Ana empezó a priorizarse. Fue estando cada vez más presente en las sesiones en vivo hasta que, simplemente, ya no faltó más. Se regaló el día de nuestros encuentros; lo que antes era visto como una "rutina exigente", se transformó en un "espacio sagrado de encuentro conmigo misma."
En ese espacio, Ana comenzó a integrar herramientas que, en sus propias palabras:
“Nutrieron mi paz, mi alegría y mi autoconfianza”.
La meditación no fue fácil al inicio. Aparecía la resistencia y esa sensación punzante de: “Hay tanto más que hacer afuera... ¿qué hago yo aquí sentada?”. Sin embargo, con paciencia, la práctica se transformó en un regalo. Un espacio para sentir, calmarse y escucharse. Un espacio que era solo suyo.
Junto a esto, apareció un concepto clave en su proceso: la neuroplasticidad positiva. Ana encontró “Una forma concreta de entrenar su mente para volver al amor, a la gratitud, al presente.”
La unión de dos mundos: La intuición en la mesa de trabajo
Pero el cambio más profundo empezó a manifestarse de forma externa, incluso en su mundo profesional, que a veces puede ser duro con las miradas que se salen de la norma.
Durante una evaluación laboral, Ana pudo hacer algo que antes le parecía imposible: hablar desde su verdad. Lo hizo sin miedo y con una claridad absoluta. Logró integrar dos mundos que antes sentía divorciados:
La medicina tradicional.
Una mirada intuitiva, conectada y profundamente humana.
Al cerrar esta etapa de su proceso, Ana describe su realidad actual con tres hitos inamovibles:
Su autoconfianza encontró bases firmes.
El tiempo dejó de sentirse insuficiente.
El “DEBER SER” perdió su peso
En su lugar, apareció algo completamente distinto: la presencia. La sensación de habitarse, de estar realmente en su vida y de volver a ella cada vez que lo necesita.
Un proceso, no un curso
Hoy, Ana dice que se siente feliz de haber tenido la valentía de confiar en su intuición y "apretar el botón" para entrar en Automaestría. Reconoce, además, algo que a menudo olvidamos: " Este camino no se hace sola. Compartir con otros, ver sus historias, sus luces y sus propios procesos fue una parte vital de mi transformación."
Automaestría no es un curso; es un proceso. Está diseñado para personas que, como Ana, han intentado muchas cosas, pero sienten que todavía hay algo que no se sostiene. Si la historia de Ana resonó en alguna parte de tu cuerpo, quizás no es casualidad.
La verdad es que Ana no empezó con una meditación milagrosa; empezó con la honestidad que da un punto de partida claro. Entendió que su cansancio no era un defecto, sino su biología operando en modo alerta, una modo constante en su sistema.
El problema de vivir así, en esa frecuencia de supervivencia, es que tu intuición se convierte en un eco imposible de escuchar. Es ahí cuando aparece el vacío: el vacío de tu propia alma, el olvido de quién eres en realidad y de esa consciencia —esa Dios/a, ese destello divino en ti— que ha quedado silenciado en las profundidades de tu ser.
No necesitas tener todo claro para empezar. Solo necesitas estar dispuesto/a a re-escribir tu historia más alineada, coherente y con más sentido
Te espero en el camino.
un gran abrazo
Marcela
1 Expresión inspirada en la metáfora de Santiago Ramón y Cajal sobre el cerebro como un bosque de neuronas.
2 Según Enric Corbera y Un Curso de Milagros, el “instante santo” es ese momento de conciencia donde se detiene el juicio y puedes ver desde el amor, abriendo la posibilidad real de elegir distinto.