
No te quedes mirando el cielo gris
Volver al origen en tiempos de confusión
Estamos en un momento de la historia en el que somos partícipes y también observadoras/es de un cambio inminente en nuestro mundo.
Pero ese cambio, al menos por ahora, se siente como si el cielo comenzara a oscurecerse lentamente y la película que conocíamos empezara a perder color.
No necesariamente porque el mundo se haya vuelto peor (o quizás si),
sino porque algo en la conciencia colectiva comienza a tensarse.
Y cuando eso ocurre, es fácil quedar hipnotizados mirando el cielo gris.
Mirando lo que ocurre afuera.
Las crisis.
Las guerras.
La incertidumbre.
Pero cuando la mirada se queda demasiado tiempo afuera, algo más se apaga.
Se apaga la esperanza.
Pero, sobre todo, se apaga la consciencia.
Hace mucho tiempo que hacen películas de zombies.
No seamos uno más de ellos.
Salgamos de la inercia.
Del impulso obsesivo de querer agradar.
Del glamour.
De lo que es falso.
Una vez leí un libro que decía que iba a haber un momento en la humanidad en el que íbamos a estar frente a personas que no eran verdaderas… y todos íbamos a creerles.
Eso me quedó grabado.
Tengo la suerte de que en algún momento mi subtítulo interno —esa voz sabia o esa capacidad de ver más allá— se activó. Y desde niña puedo percibir cuándo una persona está siendo coherente con lo que dice.
Pero también me equivoco. Ha sido un camino aprender a reconocer cuándo algo me incomoda. Estaba acostumbrada a aguantar o a callar. Es un viaje volver al cuerpo, volver a conectarse con una misma con compasión y escuchar al cuerpo que susurra: escúchame, cuídame y trátate bien.
En el camino he aprendido algo importante:
la honestidad humana es compleja.
Muchas veces no mentimos porque queramos mentir.
Mentimos porque ni siquiera somos plenamente conscientes de lo que nos habita.
Nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones están profundamente marcados por nuestras experiencias pasadas.
A veces una persona ni siquiera puede contarse su propia verdad. No porque no quiera,
sino porque aún no puede sostenerla.
A veces yo tampoco he podido contarme mi propia verdad, porque no me daba cuenta.
Y eso también es parte del proceso humano.
A cada uno le llega el tiempo de su verdad.
No de la verdad absoluta, porque probablemente no exista una sola.
La verdad, en realidad, se parece más a un organismo vivo.
Como el cuerpo.
Sería absurdo pensar que el único órgano importante es el cerebro y que todo lo demás sobra.
Hoy incluso la neurociencia habla cada vez más de conexión, de interacción, de redes que se comunican entre sí.
El cuerpo funciona como un sistema vivo.
La verdad también.
La pregunta importante no es solo ¿qué está pasando?.
La pregunta es otra: ¿cuál es el origen?
¿Donde ponemos la atención?
El cambio ya comenzó.
Cambios geográficos.
Cambios políticos.
Cambios económicos.
Cambios sociales.
Y probablemente veremos muchos más.
Vamos a ver decadencia en sistemas que parecían sólidos. Para que algo nuevo se arme, lo antiguo primero tiene que disolverse y transformarse en otra cosa.
Lo fundamental en este tiempo es dónde ponemos nuestra atención.
No se trata de negar el cielo gris.
Pero tampoco de quedarnos atrapados solo en él.
A veces, incluso en medio del cielo gris, aparece una flor amarilla que resalta con fuerza.
O recordamos ese momento en que estuvimos volando sobre las nubes, arriba del cielo gris, y vimos un atardecer hermoso.
No se trata de evadir.
Se trata de no quedar capturada/os.
Porque la forma en que miramos el mundo siempre pasa por un filtro.
Y muchas veces lo que estamos viendo no son las causas.
Son los síntomas.
Síntomas de sistemas mucho más complejos.
Las emociones de la sobrevivencia
A mí también se me aprieta el corazón cuando miro lo que está pasando.
Hay muchas cosas que no se dicen.
Y vemos acciones insólitas, inhumanas, a veces rayando en la locura o en la psicosis grandilocuente de algunos.
También se me aprieta el corazón cuando veo gente morir.
Cuando veo cómo a algunos no les interesa en lo más mínimo la vida humana.
Se olvidan de algo muy simple:
que somos uno.
Bach, creador de las flores, dijo un día:
Cualquier acción en contra de otro es una acción contra ti mismo.
Observa qué emociones aparecen cuando miras las redes o las noticias.
Miedo.
Rabia.
Impotencia.
Desesperanza.
Apatía.
Son emociones naturales de la sobrevivencia.
Pero si vamos más al fondo, podemos volver al origen y hacernos una pregunta mucho más simple.
Pensar en la humanidad entera puede ser abrumador en estos momentos —a mí me pasa—, pero si nos pensamos humanas dentro de este gran tejido y entendemos que de alguna manera nuestras acciones afectan al colectivo, podemos hacernos una pregunta importantísima:
¿qué dirección queremos seguir?
Saca el foco del afuera
Por eso sacar el foco del afuera es imprescindible.
Volver a ti.
Volver al presente.
Suena poético, pero requiere decisión.
Requiere práctica.
Requiere entrenamiento.
Requiere que, a pesar del miedo, de la ofuscación o de la desesperanza, vuelvas a tu centro.
Estudié comunicación audiovisual y una de las cosas que más me impactó fue entender cómo las comunicaciones fueron creadas para entretener, para ayudar a evadir la guerra en su tiempo o simplemente para manipular, utilizando precisamente los mecanismos que activan nuestros receptores de sobrevivencia.
Estamos programados para eso.
Y muchas veces nos dejan y nos dejamos ahí.
Peleando entre nosotros.
Obsesionados con cosas superficiales.
Con una pequeña parte de personas del mundo que muestra constantemente lujo, juventud eterna y una belleza que a veces deja de ser humana.
No te distraigas.
No nos contemos cuentos.
Y no te permitas caer en la hostilidad, en el miedo extremo o en la desesperanza profunda.
Porque es justo ahí cuando te pierdes de ti y pierdes tu poder.
Yo también lo he perdido. A veces es tan intenso el bombardeo de imágenes, conceptos y cosas que puede ser abrumador y puede hacerte sentir que tu lugar en el mundo no tiene importancia.
No es así.
Mientras más tomemos nuestro lugar con dignidad, más fuerza tenemos.
Tener una voz
Tomar conciencia también implica algo importante: tener una voz.
Pero no cualquier voz.
No una voz que repite lo que escuchó afuera.
No una voz que busca aprobación.
Ni una voz que intenta encajar.
Tener una voz es permitir que algo hable desde adentro.
Que lo que dices realmente hable de ti.
Porque cuando hablamos desde lo que escuchamos afuera, muchas veces seguimos en la misma hipnosis colectiva.
Pero cuando una voz nace desde adentro —desde tu experiencia, desde lo que has visto y sentido en tu vida— entonces aparece algo distinto.
Aparece verdad.
No la verdad absoluta.
Tu verdad.
Y cuando muchas personas empiezan a hablar desde ese lugar, algo comienza a cambiar en la conciencia colectiva.
¿Qué parte de tu verdad sigues postergando por miedo a que el resto no pueda sostenerla?
El maravilloso poder de decidir
Sin duda, el mundo está cambiando.
Y eso puede ser abrumador, pero también trae un regalo.
La posibilidad de preguntarnos:
¿qué dirección queremos tomar?
Porque hay algo profundamente humano que nadie puede quitarnos:
el poder de decidir.
Un poder intrínseco.
Un poder sagrado.
Pensar en la humanidad completa puede resultar demasiado grande.
Pero pensarnos como parte de ella nos permite dar un primer paso.
Y muchas veces ese primer paso comienza en lo más simple.
En cómo vivimos lo cotidiano.
En cómo tratamos a otros.
En cómo elegimos mirar el mundo.
En tiempos donde todo parece oscurecerse, volver al origen no es mirar hacia atrás.
Es recordar quiénes somos
para decidir conscientemente el camino que queremos crear.
Tal vez este tiempo no vino a destruirlo todo.
Tal vez vino a recordarnos algo mucho más simple:
Incluso en medio del cielo gris, todavía podemos elegir desde dónde vivir nuestra vida. Y solo por ese hecho ya estamos haciendo algo bueno para el mundo.
Porque cuando decides tu dirección con conciencia, te conviertes en un faro de luz. Y cuando aparece el faro, también aparecen las ayudas que necesitas en el camino.
un abrazo
Marcela Moreno