
Jodidamente incompleta
Jodidamente incompleta/os
La belleza de sostener nuestras polaridades con los brazos abiertos.
Hay momentos en la vida donde algo, inevitablemente, se abre. A veces viene disfrazado de una crisis total. Otras veces se siente como una sensibilidad aumentada que te pone la piel de gallina, recuerdos que brotan de la nada, intuiciones que duelen o la simple sensación de que algo que estuvo guardado en el sótano de tu alma durante demasiado tiempo comienza a subir las escaleras. (Ese es el real monstruo del sótano)
Y entonces te topas de frente con esa pregunta que nos quita el sueño:
¿Qué se supone que haga con todo esto que veo, siento o descubro de mí?
Quizás una de las respuestas más profundas no sea elegir entre ser una criatura puramente luminosa/o o entregarte a tu propia oscuridad. Quizás ese amor incondicional del que hablan no sea elegir, sino volver al centro.
Durante mucho tiempo nos enseñaron a mirar la vida a través del cristal de la separación: lo correcto contra lo incorrecto, lo elevado contra lo bajo, lo luminoso contra lo oscuro. Nos vendieron la idea de que una parte tiene que ganar la guerra y la otra tiene que desaparecer. Pero cuando observas con un poquito más deternuray profundidad, aparece otra comprensión: la luz y la oscuridad no son enemigas mortales. Son partes integrales de un mismo y hermosísimo movimiento que básicamente eres tú. Como el símbolo del yin y yang, donde cada aspecto lleva en su vientre la semilla del otro.
El espacio fértil de lo que no vemos
La luz es maravillosa: es consciencia, claridad, verdad y presencia. Pero la oscuridad... la oscuridad es misterio, es profundidad, es el inconsciente y todo aquello que todavía no conocemos de nosotros misma/os; es genial porque ahí está la semilla donde todo puede ser. La verdad es que ambas son muy necesarias para completarnos.
Sin oscuridad no hay profundidad.
Sin luz no hay dirección.
No porque una sea mejor que la otra, sino porque ambas participan de tu proceso de transformación. La oscuridad no es el monstruo debajo de la cama; también puede ser el espacio fértil donde una energía se transforma. Es el invierno de tu alma, es ese lugar donde algo antiguo deja de sostenerse para que algo nuevo pueda emerger.
Me queda claro quela transformación real no ocurre arrancándote a pedazos; a mí nunca me ha resultado. La paz ocurre cuando las integras.
Entonces la pregunta deja de ser“¿Cómo elimino esta parte fea de mí?”(pregunta de consulta o de inicio de taller) y empieza a convertirse en¿Qué quiere mostrarme esta parte de mí?
Aquí es donde la energía sigue a la intención, orientando toda tu experiencia. Cuando dirigimos la intención hacia la conciencia, generamos espacio para respirar. Cuando actuamos desde el miedo o la división, volvemos a tropezar con los mismos ciclos conocidos. No porque la oscuridad sea mala, sino porque tu intención es la que dirige tu vida, es tu brújula.
Por eso el trabajo no consiste en negar lo que sientes, sino en preguntarte con total honestidad: ¿Desde dónde estoy creando hoy?
Sostén el centro
Cuando dejas de luchar, aparece un lugar nuevo que habitar, tu centro. Un lugar de paz, no porque desaparezca el caos del mundo exterior, sino porque internamente dejas de tener la necesidad de dividirte y declararte la guerra <3. Desde ahí puedes habitarte con autenticidad. Sin juzgarte, sin reprimirte, sin negarte. Solo observando. Solo integrando.
Tu totalidad es lo suficientemente grande como para contener aparentes opuestos.
La pregunta nunca ha sido cómo deshacerse de la oscuridad o cómo volverse un ser perfectamente plano e iluminado. El gran cambio de eje en la vida es formulando la pregunta desde otro lugar:
¿Cómo aprendo a danzar con mi oscuridad usando mi luz como guía?
No hay nada que eliminar en ti. No hay nada que castigar. Solo hay experiencias que necesitan ser integradas.
La verdadera maestría no está en elegir un bando.
No está en convertirte completamente en luz ni en luchar para expulsar la oscuridad.
Está en aprender a sostener ambas fuerzas con los brazos abiertos, sin dejar de habitar el centro.
Porque mientras seguimos eligiendo bandos, seguimos creyendo que aquello que ocurre afuera está separado de nosotros.
Seguimos creyendo que existe “ellos” y “yo”.
Que hay fuerzas externas que no tienen relación con nuestro propio movimiento interno. Pero quizás esa separación es una ilusión.
Quizás lo que observamos afuera también nos está mostrando algo de nosotros.
No como culpa. No como responsabilidad absoluta.
Sino como reflejo. Como resonancia.
Como una conversación permanente entre el mundo interno y el mundo que habitamos.
Todo son fragmentos de una misma totalidad experimentándose de diferentes maneras.
Lo que rechazo afuera me muestra una parte que todavía no comprendo.
Lo que admiro afuera me recuerda algo que también vive dentro.
Lo que temo afuera quizás está buscando ser escuchado.
Lo que amo afuera quizás está intentando regresar a casa.
La integración comienza cuando dejamos de preguntarnos quién tiene razón y empezamos a preguntarnos:
¿Qué parte de mí está intentando expresarse aquí?
Porque el centro no niega ninguna experiencia.
El centro observa.
Abraza.
Ordena.
Integra.
Y desde ahí aparece una paz distinta.
No la paz que nace porque desaparece la oscuridad.
Sino la paz que nace cuando dejamos de pelear con ella.
Y descubrimos que, incluso ahí, seguimos siendo completa/os.
¿Cómo puedes aplicar esta integración a tu vida diaria?
¿Qué intención estás eligiendo sostener hoy?
Te dejo la geometría sagrada de Metatrón para que lo veas y sientas. Esta geometría es una frecuencia de integración; en el próximo post hablaré a profundidad de esta figura.
Un abrazo grande,
Marcela.

