
Estar de tu lado cuando todo es duda
Estar de tu lado cuando todo es duda
¿Cómo empezamos a relacionarnos con amabilidad con esas partes de nosotros que todavía se castigan?
Quizás llevas mucho tiempo intentando sanar, pero sigues relacionándote contigo desde la idea de que hay algo malo en ti que tienes que arreglar. Y entonces buscas una fórmula que te sane, algo externo que venga y te diga cómo arreglarlo. Ahí comienza muchas veces otra forma de maltrato: crees que tienes que cambiar para estar bien, que tienes que sanar para poder quererte, que tienes que convertirte en otra persona para sentir que eres suficiente.
Pero... ¿y si no hay nada malo en ti que tengas que arreglar? ¿Y si antes de intentar transformarte necesitas aprender a estar de tu lado?
La seguridad vincular: La base antes de la autoestima
Para empezar, la autoestima no se construye solamente diciéndote que eres suficiente; también necesita una base de seguridad. Sí, algo básico: esa sensación más arcaica de sobrevivencia. Para que puedas estar en calma y sentirte seguro o segura, necesitamos cultivar esa sensación de seguridad vincular que empieza muy temprano, cuando somos bebés y niños.
Nuestra sensación de seguridad empieza a construirse en nuestras primeras relaciones y experiencias de vínculo. Cuando somos pequeños necesitamos a otro: alguien que nos cuide, nos sostenga y nos ayude a sentir que estamos a salvo. Eso no está mal; tiene todo el sentido del mundo. Un bebé necesita a otro para sobrevivir, y desde muy temprano aprendemos que el vínculo también es una fuente de seguridad.
Por eso, cuando esa sensación de seguridad no está suficientemente integrada, muchas veces seguimos buscando afuera aquello que todavía no podemos sostener dentro. Buscamos una respuesta, buscamos aprobación, buscamos que alguien nos diga qué hacer o sentir que estamos bien. Muchas veces creemos que estamos buscando claridad, cuando en realidad estamos buscando sentirnos seguros.
Las voces heredadas y sus juicios
Cuando comienzas a observarte y a revisar esas fibras más internas de tu historia que han construido tu seguridad, también te encuentras con la mirada que tienes sobre ti y tu lugar en el mundo. Y ahí aparecen las voces:
"No lo vas a lograr."
"No eres tan bueno / no eres tan buena."
"Deberías poder. Ya deberías tener esto resuelto."
"No eres suficiente. Eres demasiado intensa."
Aparece el síndrome del impostor, la culpa y ese pensamiento constante: “Es pésimo si hago esto, está mal si hago esto otro, ¿qué van a pensar?, ¿y si me equivoco?”. Sientes esto porque no logras algo, no llegas a algo o porque no eres alguien bajo las expectativas de otro. Y esas expectativas muchas veces vienen de papá, de mamá, de la familia y de la historia que recibimos.
Mamá y papá también tuvieron sus propias expectativas hacia sus padres, y así para atrás. Uno las recibe como si fueran propias, como si esa voz fuera nuestra. Al principio la voz viene de afuera, pero llega un momento en que ya no necesitas que alguien te diga que no eres suficiente: aprendes a decírtelo tú.
Entonces pasa algo muy interesante: cuando aparece la duda, no solamente tienes una duda, sino que empiezas a dudar de ti por tenerla. No sabes qué hacer y aparece: “¿Cómo no voy a saber? Ya debería tenerlo claro. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo decidir?”. Una duda se transforma en exigencia, la incertidumbre se transforma en juicio y terminas poniéndote en tu contra.
De la violencia interna a la compasión
Aquí es donde comienza una parte muy importante del camino: ¿Cómo empezamos a relacionarnos de otra manera con esas partes de nosotros que todavía se castigan? ¿Cómo dejamos de estar en nuestra contra?
Una cosa es querer transformar algo en tu vida, y otra muy distinta es vivir sintiendo que tú eres el problema. Cuando logro mirar esas voces con compasión y hacer un movimiento con una nueva mirada hacia esas partes de mí, algo empieza a cambiar. Puedo moverme, puedo mirarme con amabilidad y puedo tratarme bien.
Es muy importante comprender que la compasión no es autolástima, no es justificarlo todo ni dejar de hacerte responsable. Es ser amable con esas partes de ti que todavía se castigan y se maltratan con todos esos “debería ser”. La compasión te permite asumir responsabilidad sin castigarte; responsabilidad sin violencia interna. Muchas veces creemos que si somos más duros con nosotros mismos vamos a cambiar, como si criticarnos o maltratarnos nos fuera a hacer mejores.Pero cuando dejas de estar en guerra contigo, empieza a aparecer espacio.
Hay partes de ti difíciles de mirar que niegas y no puedes aceptar, pero no necesitas eliminarlas: necesitas poder mirarlas sin abandonarte.
Las voces protectoras
La culpa, el miedo, la insuficiencia y la anticipación muchas veces tienen una función de protección. Muchas de estas voces aprendieron a aparecer como una forma de protegerte, de anticipar, de controlar, de evitar equivocarte, de evitar el rechazo y de intentar mantenerte a salvo. Por eso no necesitas declarar una guerra contra ellas; necesitas comenzar a relacionarte con ellas de otra manera, y para eso se necesita una mirada amable.
No necesitas comprenderlo todo primero para empezar a tratarte bien. Puedes comprender después; primero puedes acogerte. Cuando puedo mirar con amabilidad, puedo comenzar a salir de ese estado reactivo y defensivo. Entonces podemos resignificar la sobrevivencia y entender que estas voces han estado ahí para protegerte, no para hacerte daño.
Habitar el "no saber" sin abandonarte
Estar de tu lado comienza justamente no cuando tienes todas las respuestas, no cuando ya sanaste todo, ni cuando te conviertes en esa persona que crees que deberías ser; sino cuando, en medio de la duda, decides no abandonarte.
Hay momentos en que no sabes: no sabes qué hacer, qué decisión tomar, si quedarte o irte, o si decir que sí o que no. Y aparece nuevamente esa necesidad de encontrar una respuesta inmediatamente. Pero quizás no necesitas responder todavía.
Ante la duda, abstente. No de vivir, no de sentir, no de avanzar. Abstente de forzar una respuesta que todavía no está lista. Puedes decir: “Todavía no sé”, y seguir estando contigo.
Puedes no tener claridad y aun así tratarte bien. Puedes equivocarte y no convertirte en tu enemiga/o. Puedes sentir miedo sin dejar que el miedo decida por ti. Estar de tu lado no significa pensar que siempre tienes razón, ni dejar de cuestionarte o crecer: significa aprender a habitar el no saber sin abandonarte.
La confianza en ti no aparece cuando desaparecen todas las dudas; aparece cuando descubres que, incluso en medio de la duda, puedes quedarte contigo. No necesitas convertirte en otra persona, necesitas aprender una nueva manera de relacionarte contigo. Ese es uno de los primeros pasos para recuperar claridad. Cuando disminuye el juicio, aparece espacio. Y cuando aparece espacio, algo dentro de ti puede empezar a sentirse de otra manera.
No necesitas buscar afuera quién te diga qué hacer. Puedes aprender a quedarte contigo mientras la respuesta todavía está llegando. Porque cuando puedes estar de tu lado, tu realidad también cambia.