Calma

La calma no llegó cuando desaparecieron los problemas

August 04, 20266 min read

¿Cómo puedo estar en calma cuando realmente existen tantas cosas por las que preocuparme?

La verdad es que sí.

Hay muchas cosas por las que preocuparse.

Durante mucho tiempo pensé que iba a llegar un día en que, por fin, podría descansar. En mi mente imaginaba ese día en que me iba a dejar de preocupar: cuando las personas que amo estuvieran bien, cuando mi cuerpo dejara de sentirse cansado, cuando el trabajo y mis finanzas estuvieran resueltos. Básicamente, cuando la vida, por fin, dejara de moverse tanto.

Pero ese día nunca llegó.

Y mientras lo esperaba, me di cuenta de que había aprendido a vivir con el cuerpo siempre un poco adelantado al presente.

Mi cuerpo vivía adelantado al presente.

Nunca dormía realmente tranquila. El sueño ha sido un tema para mí desde siempre. Mi estómago permanecía apretado casi todos los días y vivía con esa sensación de que algo estaba por pasar, aunque no supiera exactamente qué era.

En ese momento no tenía estas palabras para describirlo.

Solo pensaba que yo era así.

Por eso el mindfulness y la meditación han sido un gran recurso en mi vida desde hace más de diez años.

No porque hayan hecho desaparecer los problemas.

Ni porque me hayan quitado la ansiedad.

Si soy honesta, durante mucho tiempo practiqué con la esperanza de que llegara ese famoso día en que, por fin, iba a sentirme tranquila.

Pensaba que, si hacía suficiente terapia, suficiente meditación y suficiente trabajo personal, en algún momento iba a dejar de sentirme así.

Y ese día tampoco llegó.

Lo que sí llegó fue algo mucho más profundo.

No cambió la vida.

Cambió la manera en que empecé a comprenderme.

Soy una persona profundamente sensible.

Durante años pensé que esa era simplemente mi forma de ser (a veces parecía una condena)

Después comprendí que no era solamente sensibilidad.

Era un sistema nervioso que llevaba mucho tiempo intentando protegerme.

Porque cuando creces teniendo que sostener muchas cosas desde niña, el cuerpo aprende que es mejor anticiparse.

Que es mejor escuchar todos los ruidos.

Que es mejor no relajarse demasiado.

Hasta que un día esa forma de sobrevivir deja de servirte.

Pero el cuerpo todavía no lo sabe.

Entonces empiezas a creer que tienes un problema.

Que piensas demasiado.

Que eres ansiosa.

Que no sabes decidir.

Que perdiste tu intuición.

Y yo, honestamente, no creo que ese sea el verdadero problema.

Después de todos estos años acompañando a tantas personas, cada vez estoy más convencida de algo.

En general, no nos falta intuición. Nos falta calma.

Porque la intuición no habla fuerte.

Habla en el silencio y te susurra.

Y es muy difícil escuchar un susurro cuando todo tu sistema está intentando sobrevivir.

Hace algunos años, estudiando mindfulness y neurociencias, escuché a mi profesor explicar algo que es muy simple pero muy importante de entender:

Imagina que vas caminando por un bosque.

Puedes cometer dos errores.

Creer que hay un tigre escondido entre los arbustos cuando no lo hay.

O que realmente haya un tigre... y no verlo.

¿Cuál de esos dos errores crees que tu cerebro prefiere cometer?

Por supuesto el primero.

Es mucho más seguro pasar un mal rato por una falsa alarma que perder la vida por no haber reaccionado.

Nuestro cerebro evolucionó para protegernos, no para hacernos sentir en paz.

Y cuando comprendí eso, algo cambió profundamente dentro de mí.

Dejé de pelear con mi cuerpo.

Mi cuerpo no estaba exagerando.

No era que no aprendiera nunca nada, a pesar de toda la terapia, de toda la meditación o de todos los libros que había leído.

No era que estuviera haciendo algo mal.

Solo estaba haciendo muy bien el trabajo que había aprendido para mantenerme con vida.

Y creo que ese fue uno de los actos de compasión más importantes de mi camino.

Porque hasta ese momento había vivido intentando corregirme.

Intentando arreglar algo que creía que no tenía solución.

Pero creo que nada de mi cuerpo - el tuyo, el nuestro - está mal, por más incómodo o dolor nos provoque.

Había un cuerpo intentando protegerme de la única manera que conocía.

Lo que necesitaba no era exigirme dejar de sentir.

Necesitaba enseñarle, poco a poco, que ahora podía descansar.

La calma no consiste en convencerte de que no existen los problemas.

La calma tampoco consiste en pensar positivo.

La calma es que tu cuerpo deje de reaccionar como si todo fuera un tigre.

Y ahí empieza a ocurrir algo maravilloso.

Al principio aparece por pequeños momentos.

Segundos.

Después minutos.

Luego esos momentos empiezan a hacerse cada vez más largos, hasta que descubres que la calma no era un premio que la vida te entregaba cuando todo estuviera resuelto.

Era una fortaleza que podías cultivar desde dentro.

Desde ahí empiezas a escucharte otra vez.

Empiezas a sentir qué necesitas.

Empiezas a distinguir cuándo algo realmente requiere tu energía... y cuándo es solo un antiguo estado de alarma.

Después entendí algo que hoy explico en todas mis sesiones.

Nuestro sistema nervioso tiene dos grandes movimientos.

Uno nos activa para responder a los desafíos de la vida.

El otro nos permite descansar, reparar, digerir y volver a sentir seguridad.

Los dos son necesarios.

No venimos a vivir siempre relajadas.

Ni tampoco siempre preparadas para luchar.

La salud está en poder movernos entre ambos.

El problema es que muchas personas llevan tanto tiempo viviendo en alerta que ya no recuerdan cómo se siente descansar por dentro.

Y entonces empiezan a creer que así son.

Pero no.

Ese no eres tú.

Es un estado.

Y un estado puede cambiar.

Lo veo todos los días.

Cuando una persona comienza a respirar distinto...

Cuando deja de pelear con lo que siente...

Cuando vuelve una y otra vez al cuerpo...

Empieza a ocurrir algo muy sutil.

Su mirada cambia.

Su energía cambia.

Su ritmo cambia.

No porque la vida haya cambiado.

Sino porque ya no la está mirando desde el miedo.

Y desde ahí aparece algo que siempre estuvo.

La claridad.

La intuición.

Esa sensación tranquila de saber cuál es el siguiente paso.

Por eso, cuando alguien me dice:

"Marcela, siento que perdí mi intuición..."

Casi siempre pienso lo mismo.

Quizás no la perdiste.

Quizás solo hace mucho tiempo que tu cuerpo no tiene suficiente silencio para escucharla.

Y tal vez el camino no sea seguir buscando más respuestas.

Tal vez el camino sea volver, una y otra vez, a ti.

Volver al cuerpo.

Volver al presente.

Porque es ahí donde la intuición siempre ha estado esperando.

Con los años he comprendido que, para mí, la compasión es un cambio de relación con el cuerpo. No es "aceptar la ansiedad"; es dejar de tratar al cuerpo como un enemigo al que hay que corregir. Es empezar a mirarlo como un aliado que, durante mucho tiempo, hizo lo único que sabía hacer: intentar protegerte.

Y cuando dejas de pelear con él, la calma deja de ser algo que persigues afuera y empieza a convertirse en un lugar al que puedes volver, una y otra vez, desde dentro.

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“La verdadera transformación ocurre cuando la claridad se convierte en tu estado cotidiano.”